¿Cómo podemos aprender la verdad pensando?
Como quien aprende a ver mejor una cara dibujándola.
Ludwig Wittgenstein (filósofo)

Nuestra visión es subjetiva, muchas veces nos quedamos con la ilusión de la superficie. Y no vemos más allá. De hecho si observamos algo, y estamos con otra persona, ella verá cosas que no vemos, incluso puede que tenga una visión diferente a la nuestra.

Cuando Paul Cézanne pintaba sus cuadros procuraba pintar el proceso de la visión. El decía “lo que estoy intentando plasmar es algo más misterioso: está entrelazado con las raíces mismas del ser”.La luz es solo el principio del ver el ojo no basta, uno necesita pensar también.

El insight o epifanía de Cézanne fue que nuestras impresiones exigían interpretación; mirar es crear lo que vemos. La realidad no está ahí esperando ser presenciada, la realidad es fabricada por la mente.

Cézanne sabía que la mente fabrica el mundo, al igual que un pintor fabrica un cuadro. El carácter incompleto de sus cuadros era una metáfora del proceso real de la visión. En sus lienzos inacabados, Cézanne estaba intentando desentrañar lo que el cerebro iba a terminar por él. Así, sus ambigüedades son extremadamente deliberadas, y su vaguedad se basa en la precisión. Si Cézanne quería que nosotros llenáramos sus espacios vacíos, entonces tenia que atinar bien con ese vacío.

En los cuadros non finitos, el cerebro puede encontrar significado en nada. Estos cuadros parecen impugnar cualquier teoría de la mente que redujera nuestra visión a unos cuantos pixeles de luz. La mente no es un espejo que refleja la luz. El proceso de ver modifica el mundo que observamos. Como decía Kant “La imaginación es un ingrediente necesario de la percepción propiamente tal”.

Las ilusiones de la vida cotidiana eran la prueba de que todo lo que vemos en realidad es una ilusión.

Los estudios neuro-cientificos confirman las intuiciones de Cézanne y de los gestaltitas, la experiencia visual transciende las sensaciones visuales. La realidad se va perfilando constantemente, hasta que la sensación original – el lienzo incompleto – queda tragada por nuestra subjetividad. Si la mente no se impone al ojo, entonces nuestra visión estaría llena de vacíos.

Como no hay ningún cono sensible a la luz donde el nervio óptico conecte con la retina, cada uno de nosotros tenemos un punto literalmente ciego en el centro del campo visual. Pero estamos ciegos a nuestros puntos ciegos: nuestro cerebro registra infaliblemente un mundo sin fisuras. Las mismas neuronas reaccionan cuando vemos realmente una montaña y cuando solo la imaginamos. La denominada percepción inmaculada simplemente no existe.

Ver es imaginar.

El hecho sorprendente es que la visión sea como el arte. Lo que vemos no es real. Ha sido plegado para que encaje en nuestro lienzo, que es el cerebro. Cuando abrimos los ojos, penetramos en un mundo ilusorio, en un escenario, desmenuzado por la retina y recreado por la corteza. Al igual que un pintor interpreta un cuadro, nosotros interpretamos también nuestras sensaciones. Por muy preciso que lleguen a ser nuestros mapas neuronales, estos no contestarán nunca a la pregunta de que es lo que vemos realmente, pues la vista es un fenómeno privado. La experiencia visual trasciende los pixeles de la retina y las lineas fragmentarias de la corteza visual.

El arte y no la ciencia, es el medio por el que expresamos lo que vemos dentro. El cuadro, a este respecto, esta más en el área de la realidad. Es lo que más nos acerca a la experiencia. Cuando miramos las manzanas de Cézanne estamos dentro de su cabeza.

Fuente: Proust y la neurociencia, Jonah Lehrer