Muchas veces, las personas que vienen a mí llevan una carga invisible: baja autoestima. Quieren aprender a cuidarse, a gestionar sus emociones —sobre todo esa angustia que no deja respirar—. Y me doy cuenta: esa sensación de “no valer lo suficiente” viene de no haberse visto con amor, de una falta de reconocimiento propio, de no verse a sí mismas con amor.
Hay una creencia muy arraigada: amar a los demás es virtud… pero amarse a uno mismo, ¿es pecado? ¿Egoísmo? ¿Narcisismo?
¿Es el egoísmo lo mismo que el amor propio? ¿O, más bien, es la consecuencia de su ausencia?
El amor propio no es egoísmo. Es respeto. Es compasión. Es comprensión. Y no excluye el amor hacia los demás: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.. Porque el amor genuino —el que realmente transforma— es productivo: implica cuidado, responsabilidad, conocimiento… y se extiende a todos los seres humanos, sin distinción.
El egoísta, en cambio, solo se interesa por sí mismo. Todo lo quiere para sí. No encuentra placer en dar, solo en tomar. Es narcisismo, sí… pero también soledad. Porque, en el fondo, se ama muy poco. A veces, hasta se odia. Es infeliz. Incapaz de cuidar de su verdadero ser.
Es como esa madre sobreprotectora: da demasiado, pero no por amor… sino para compensar su incapacidad de amar de verdad. Son los “generosos” neuróticos: su capacidad de amar está paralizada. Es una fachada. Un egocentrismo sutil.
“Si te amas a ti mismo, amas a todos los demás como a ti mismo. Mientras ames a otra persona menos que a ti mismo, no lograrás realmente amarte. Pero si amas a todos por igual —incluyéndote a ti—, los amarás como una sola persona… y esa persona es, a la vez, Dios y el hombre. Así pues, es una persona grande y virtuosa la que, amándose a sí misma, ama igualmente a todos los demás…” Meister Eckhart
Entonces… ¿cómo es eso de amarse?
¿Cómo aprender a hacerlo cuando nuestros referentes no supieron, no pudieron, o no estuvieron? ¿Cómo valorarnos, vernos, reconocernos, mostrarnos… incluso desde la vulnerabilidad? ¿Cómo darnos permiso para equivocarnos, para conectar con nosotras mismas, para ser flexibles, para volver a la inocencia?
El ritmo acelerado de la vida actual nos empuja a hacer, hacer y hacer… a buscar ese “éxito” que parece medir nuestro valor. Y si no lo alcanzamos —o si no estamos en ello—, sentimos que fracasamos.
¿Y si la respuesta no está en el hacer… sino en el ser?
¿Y si no se trata de controlar, sino de comprender? De estar. Simplemente estar. De darnos permiso para parar, para sentir, para estar presentes. De recordar que somos consciencia… y sentimientos amorosos. De mirarnos con ternura. De arraigarnos en nosotras mismas.
Porque amarse… no es un destino. Es un camino.
Y tú ya estás en él.